SEGUNDO LIBRO DE ENOC. LIBRO DE LOS SECRETOS. Capítulo 9
Entonces me levantaron de allí aquellos hombres y me llevaron al séptimo cielo. Allí percibí una gran luz y vi todas las grandes milicias de fuego que forman los arcángeles y los seres incorpóreos: las virtudes, las dominaciones, los principados, las potestades, los querubines, los serafines, los tronos y diez escuadrones de los ángeles de muchos ojos, así como el orden brillante de los otanim.
Entonces cogí miedo y me puse a temblar, lleno de congoja.
Luego me asieron los dos varones y me pusieron en medio de aquellos, quienes me dijeron: Enoc, ten ánimo y no temas.
Y me mostraron de lejos al Señor, que estaba sentado en su altísimo trono. Y vi cómo los ejércitos celestiales, después de entrar, se iban colocando en diez gradas según su categoría y adoraban al Señor, retirándose después a sus puestos contentos y alegres, sumergidos en una luz inmensa y cantando himnos en voz queda y suave.
Pero los gloriosos que están a su servicio no se retiran de noche ni de día, sino que continúan firmes ante la faz del Señor y hacen su voluntad. Los querubines y los serafines se mantienen alrededor del trono y los hexaptérigos lo cubren con sus alas, mientras cantan en voz baja ante la faz del Señor.
Cuando hube presenciado estas cosas me dijeron los dos varones: Enoc, hasta aquí teníamos órdenes de acompañarte. Luego se separaron de mí y no he vuelto a verlos.
Así, pues, me quedé solo en los confines del cielo y lleno de angustia caí sobre mi rostro y me dije a mí mismo:
«¡Ay de mí! ¿Qué es lo que me acaba de suceder?»
Entonces envió el Señor uno de sus gloriosos arcángeles, G abriel –, quien me dijo: Ten ánimo, Enoc, y no temas; levántate, vente conmigo para permanecer ante la faz del Señor para siempre.
A lo que yo respondí: ¡Ay de mí!, Señor mío, que mi alma ha huido de mí, presa del temor y la angustia; llama de nuevo a mi lado a los dos varones que me trajeron hasta aquí, pues en ellos tenía puesta mi confianza y en su compañía quiero marchar ante la faz del Señor.
Entonces me tomó Gabriel como si fuera una hoja llevada por el viento, me levantó en vilo y me colocó ante la faz del Señor.
Y vi al Señor cara a cara: su faz irradiaba poder y gloria, era admirable y terrible e inspiraba a la vez temor y pavor.
¿Quién soy yo para describir la esencia inabarcable del Señor, su faz admirable e inefable, el coro bien instruido y de muchas voces, el trono inmenso no hecho a mano, los coros que están a su alrededor y los ejércitos de los querubines y de los serafines con sus cánticos incesantes?
Y ¿ quien será finalmente capaz de perfilar la imagen de su belleza inmutable e inenarrable y la grandeza de su gloria?
Entonces caí de hinojos y adoré al Señor.
Y él me dijo por su propia boca: Ten ánimo, Enoc, y no temas: levántate y permanece ante mí para siempre.
Entonces Miguel, jefe de las milicias del Señor, me levantó y me llevó ante la faz del Señor.
Y dijo el Señor a los que le servían, como para tentarlos: Que se acerque Enoc para permanecer ante mi faz para siempre.
Y, postrándose los gloriosos ante el Señor, exclamaron: Que se acerque según tu palabra.
Entonces dijo el Señor a Miguel: Acércate y despoja a Enoc de sus vestiduras terrenales, úngelo con mi buen aceite y vístelo con los vestidos de mi gloria.
Miguel obró de acuerdo con lo que le había dicho el Señor y me ungió y me vistió.
El aceite aquel tenía un aspecto más resplandeciente que el de una gran luminaria, su ungüento parecía como rocío bienhechor y su perfume era como la mirra, resplandeciendo como los rayos del sol.
Y me miré a mí mismo y comprobé que era como uno de sus gloriosos, sin que se pudiera notar diferencia alguna en el aspecto.
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