SEGUNDO LIBRO DE ENOC. LIBRO DE LOS MISTERIOS. Capítulo 6
Entonces me cogieron aquellos hombres y me llevaron hasta el cuarto cielo, donde me hicieron ver el recorrido, desplazamientos y toda la irradiación de luz así del sol como de la luna.
Y pude medir sus trayectorias y cotejar su resplandor, comprobando que el sol tiene un haz de luz siete veces más intenso que el de la luna.
Vi también sus órbitas y los carros en que ambos son transportados, que avanzan como el viento a una velocidad vertiginosa y giran noche y día sin descanso.
Hay asimismo cuatro estrellas de primera magnitud a la derecha del carro del sol, cada una de las cuales tiene bajo sus órdenes mil estrellas, y otras cuatro a la izquierda, cada una de las cuales tiene igualmente mil estrellas a sus órdenes, haciendo un total de ocho mil estrellas, que acompañan al sol continuamente.
De día conducen el carro quince miríadas de ángeles y de noche mil ángeles. Ángeles hexaptérigos preceden al carro, mientras que un centenar de espíritus celestes se encargan de darles fuego.
Y hay espíritus volantes que tienen el aspecto de dos pájaros, uno parecido al fénix y otro semejante al calcedrio, ambos con cara de león y pies, cola y cabeza de cocodrilo; son como de color purpúreo, igual que el arco iris de las nubes; su tamaño es de novecientas medidas; sus alas son de ángeles, correspondiendo doce a cada uno. Estos son los que arrastran la carroza del sol, trayendo consigo el rocío y el calor y, siguiendo las órdenes del Señor, (lo) hacen girar y él se pone y sale de nuevo entre el cielo y la tierra con el fulgor de sus rayos.
Entonces me llevaron los dos varones a la parte oriental de este cielo y me enseñaron las puertas por las que sale el sol a su debido tiempo, de acuerdo con las circunvoluciones de la luna a lo largo del año y con arreglo a la cifra del calendario de día y de noche.
Y vi seis puertas grandes, abiertas, cada una de las cuales medía sesenta y un estadios y cuarto. No sin haber tomado medida escrupulosamente, pude apreciar tal magnitud, que corresponde a las puertas por las que el sol sale, avanza hacia el ocaso, se equilibra y entra en todos los meses.
Por la puerta primera sale cuarenta y dos días, por la segunda treinta y cinco, por la tercera treinta y cinco, por la cuarta treinta y cinco, por la quinta treinta y cinco, y por la sexta cuarenta y dos. Luego vuelve atrás – p artiendo de la sexta puerta a medida que pasa el tiempo – y entra por la quinta puerta treinta y cinco días, por la cuarta treinta y cinco, por la tercera treinta y cinco, por la segunda treinta y cinco. Y así terminan los días del año al ritmo de las cuatro estaciones.
De nuevo me llevaron aquellos varones a la parte occidental del cielo y me mostraron seis grandes puertas, abiertas y situadas frente por frente en la misma disposición que las de la parte oriental. Por ellas se pone el sol de acuerdo con el cómputo de trescientos sesenta y cinco días y cuarto, y de esta manera, a través de las puertas occidentales, llega el sol a su ocaso.
Cuando éste sale de las puertas occidentales, cuatrocientos ángeles le quitan su corona y se la llevan al Señor, haciéndole girar juntamente con su carroza, con lo que el sol se queda sin luz las siete horas de la noche.
Y a la hora octava de la noche traen los ángeles (cuatrocientos), la corona y se la ponen de nuevo.
Entonces los elementos llamados fénix y calcedrio entonan un cántico, por lo que todas las aves agitan sus alas en señal de júbilo al Dador de la luz y cantan así:
«Está llegando el Dador de la luz para dársela a su creación».
Y me enseñaron el cómputo de la trayectoria del sol y las puertas por donde entra y sale.
Estas son las grandes puertas que Dios hizo (como) calendario del año; por esta razón el sol es un objeto grandioso de la creación.
Otro cómputo referente a la luna me mostraron aquellos varones: todas sus trayectorias y circunvoluciones, así como las doce puertas grandes y eternas del lado oriental, por las que entra y sale la luna en el tiempo habitual.
Por la primera puerta entra exactamente treinta y un días en la zona solar, por la segunda exactamente treinta y cinco días, por la tercera exactamente treinta días, por la cuarta exactamente treinta días, por la quinta treinta y un días de manera excepcional, por la sexta exactamente treinta y un días, por la séptima exactamente treinta días, por la octava treinta y un días de manera excepcional, por la novena treinta y un días exactamente, por la décima treinta días exactamente, por la undécima treinta y un días exactamente y por la duodécima veintidós días exactamente.
Y de la misma manera por las puertas occidentales, en correspondencia con el circuito y el número de las puertas orientales, marcha y cumple el año día tras día.
El año solar consta de trescientos sesenta y cinco días y un cuarto, mientras que el lunar tiene trescientos cincuenta y cuatro, que hacen doce meses. Contando a veintinueve días por mes, le faltan once días con relación al ciclo solar, que son las epactas de la luna. Este gran ciclo comprende quinientos treinta y dos años.
En cuartos marcha durante tres años, el cuarto (año) lo cumple exactamente: ésta es la razón por la que (los cuartos) no entran en cuenta, fuera del firmamento, tres años consecutivos y por la que no son añadidos al número de los días, ya que ellos cambian los tiempos del año, dos nuevos meses de plenilunio y otros dos de cuarto menguante.
Y cuando se han acabado las puertas occidentales, da la vuelta y pasa a las orientales con su luz.
Y así marcha ella día y noche por los círculos celestes, por debajo de las restantes órbitas, más rauda que el viento del cielo.
El ciclo lunar tiene siete cómputos y verifica una revolución completa cada diecinueve años.
En medio del cielo vi soldados armados que servían al Señor con tímpanos e instrumentos musicales y cantaban ininterrumpidamente una agradable melodía, causándome un gran deleite el escucharlos.
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