SEGUNDO LIBRO DE ENOC. LIBRO DE LOS SECRETOS. Capítulo 11, cuarta parte.

  A todas las milicias celestiales las doté de una naturaleza de fuego.

Entonces lanzaron mis ojos una mirada a la piedra firme y durísimay con el fulgor de mi vista recibió el rayo una naturaleza acuosa, fuego en el agua y agua en el fuego, sin que aquélla extinga a éste y sin que éste seque a aquélla.

Por esta razón el rayo es más intenso y más brillante que el fulgor del sol, así como el agua blanda es más consistente que la dura piedra.

Luego hice saltar del pedernal un gran fuego. Y del fuego creé las formaciones de los ejércitos incorpóreos, diez miríadas de ángeles, así como sus armas ígneas y sus vestiduras, semejantes a la llama ardiente.

Entonces di órdenes de que cada uno, se pusiera en su formación correspondiente.

Pero uno del orden de los arcángeles, apartándose juntamente con la formación que estaba a sus órdenes, concibió el pensamiento inaudito de colocar su trono por encima de las nubes que están sobre la tierra, para así poder equipararse con mi fuerza.

Yo entonces lo lancé desde la altura juntamente con sus ángeles, y él se mantuvo volando en el aire continuamente sobre el abismo.

Y así creé todos los cielos.

En esto se hizo el tercer día.

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