SEGUNDO LIBRO DE ENOC. EL LIBRO DE LOS SECRETOS. Capítulo 13. Segunda parte
Yo, hijos míos, he medido y registrado toda obra y toda medida y toda balanza equilibrada de acuerdo con el mandato del Señor, y en todas estas cosas he encontrado diferencias.
Un año es más estimable que otro año, y asimismo un hombre es más estimable que otro hombre: éste a causa de su mucha hacienda, el otro por la sabiduría de su corazón; éste a causa de algún grado de inteligencia, el otro por su habilidad; el uno porque es taciturno, el otro por su pureza; el uno por su fortaleza, el otro por su buena presencia; el uno por su juventud, el otro por la agudeza de su ingenio; unos por la gallardía de su cuerpo y otros (finalmente) por la exuberancia de sentimientos que les lleva a hacerse escuchar en todas partes.
Pero no hay nadie más grande que aquel que teme al Señor: éste será más glorioso en la otra vida.
El Señor hizo al hombre con sus propias manos a imagen de su rostro: pequeño o grande, el Señor lo ha creado.
Quien haga ultrajes al rostro de un hombre, ultraja también el rostro del rey y menosprecia el rostro del Señor. El que desprecia el rostro de un hombre, desprecia también el rostro del Señor.
Aquel que sin motivo se enfurece contra un hombre será alcanzado también por la cólera del Señor. El que escupe a un hombre en la cara, será objeto de ludibrio en el juicio grande del Señor.
Bienaventurado el varón que no deja a su corazón guiarse por el odio hacia su prójimo, que presta su ayuda al encausado, levanta al que se encuentra molido y es misericordioso con el que lo necesita, pues el día del gran juicio toda medida y balanza y cualquier clase de pesas estarán colgadas en su fiel –e sto es, en su equilibrio – y él estará en la tienda y reconocerá su medida, y con arreglo a ella recibirá su recompensa.
Si alguien es diligente en hacer sus ofrendas ante la faz del Señor, el Señor acelerará también la cosecha de su trabajo y le hará un juicio justo.
Si alguien multiplica las lámparas ante la faz del Señor, el Señor multiplicará también sus graneros en el reino supremo.
Ahora bien, ¿cuándo va a tener el Señor necesidad de pan, o de una lámpara, o de una oveja, o de un buey, o de otra ofrenda cualquiera?
No, lo que él exige es un corazón puro, y con todo esto pone en prueba el corazón del hombre.
Si alguien ofrece a un rey terrenal un don cualquiera albergando en su interior pensamientos de infidelidad, ¿no montará en cólera el rey –s i es que lo advierte – irritado por su ofrenda y lo entregará a la justicia?
O si un hombre hace injusticia a otro, engañándole con buenas palabras, pero con malas intenciones, ¿no se percatará de ello en su propio corazón y se juzgará a sí mismo por no haber obrado justamente?
Mas cuando el Señor envíe su luz inmensa, en ella tendrá lugar un juicio justo e imparcial, tanto para los buenos como para los malos, del que nadie podrá sustraerse.
Y ahora, hijitos míos, reflexionad en lo íntimo de vuestros corazones y escuchad las palabras de vuestro padre: todo cuanto os anuncio de parte del Señor.
Tomad estos libros escritos por vuestros padres, leedlos, y en ellos reconoceréis todas las obras del Señor.
Muchos libros ha habido desde el comienzo de la creación y aún habrá hasta el fin del mundo, pero ni uno siquiera de ellos os revelará tanto como éste, escrito de mi mano: si os atenéis a él con firmeza, no pecaréis contra el Señor
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