SEGUNDO LIBRO DE ENOC. LIBRO DE LOS SECRETOS. Capítulo 13. Tercera Parte

El Señor fijó un fundamento sobre lo desconocido y extendió los cielos sobre lo visible, asentó la tierra sobre las aguas y dio al agua un fundamento inconsistente: él fue quien sin ayuda de nadie hizo criaturas sin número.

¿Quién ha contado el polvo de la tierra, o la arena del mar, o las gotas de la lluvia, o el rocío de las nubes, o el soplo de los vientos?

¿Quién es el que entretejió tierra y mar con vínculos indisolubles y talló las estrellas del fuego y adornó el cielo?

Él fue quien colocó el sol en medio de ellas para que camine por los siete círculos del cielo, y quien puso ciento ochenta y dos tronos para que descienda en el día corto y otros ciento ochenta y dos para que descienda en el día largo, así como los dos grandes tronos que éste tiene por encima de los tronos de la luna para descansar de sus movimientos de ida y vuelta.

A partir del día 17 del mes de Pamovus baja hasta el mes de Fivif, y desde el día 17 del mes de Fivif sube (otra vez). Y así va recorriendo el sol todos los círculos del cielo.

Y luego, cuando llega cerca de la tierra, ésta se regocija y hace crecer sus frutos; mas cuando se aleja, la tierra se llena de tristeza, sin que los árboles y los frutos puedan germinar.

Todo esto, medido y sopesado escrupulosamente , lo ha establecido él en la medida de ssabiduría, tanto lo que es visible como lo invisible: pues siendo él mismo invisible, ha creado todo lo que se ve, partiendo de lo invisible.

Así os hablo a vosotros, hijos míos: Repartid estos libros a vuestros hijos, a toda vuestra familia y a vuestros parientes. 

A aquellos que tuvieran la cordura de temer a Dios y aceptarlos, les serán más placenteros que manjares suculentos de la tierra, y ellos los leerán y se aficionarán a ellos; mientras que los necios, q ue no conocen al Señor ni tienen temor de Dios , no los aceptarán, sino que se desharán de ellos considerándolos como una carga.

Bienaventurado el que aguante su yugo y se aficione a ellos, como el que está arando en el día del gran juicio.

Por mi parte, os juro, hijos míos, pero sin hacer juramento ni por el cielo, ni por la tierra, ni por otra criatura hecha por Dios, pues el Señor ha dicho: «En no hay juramento ni injusticia, sino verdad»; si en los hombres no hay verdad, que juren por la palabra «sí, sí» o «no, no».

Así, pues, yo os juro «sí, sí» que, antes de que el hombre empezara a existir en las entrañas de su madre, a todos y a cada uno les he deparado un lugar para sus almas, así como un peso y una  balanza en relación con el tiempo que van a vivir en este mundo, para que en ella sea pesado el hombre.

 

 

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