SEGUNDO LIBRO DE ENOC. EL LIBRO DE LOS SECRETOS. Capítulo 13, primera parte.

 

Escuchad, hijos míos, lo que es según el beneplácito del Señor. Yo he sido enviado a vosotros en el día de hoy de parte del Señor para deciros todo cuanto ha ocurrido, ocurre actualmente y ocurrirá hasta el juicio del Señor.

Escuchad, hijos míos, pues no os hablo hoy por mi boca, sino por la del Señor, que me ha enviado a vosotros. Pues vosotros estáis percibiendo las palabras de mis labios, de un hombre que ha sido creado igual que vosotros, pero yo se las he oído al Señor de su propia boca de fuego, ya que la boca del Señor es como un horno ardiente y sus ángeles son como llamas que salen de él.

Vosotros, hijos míos, estáis viendo mi rostro, el de un hombre que ha sido creado como vosotros, pero yo he contemplado la faz del Señor, semejante a un hierro candente que, al sacarlo del fuego, despide centellas y abrasa.

Vosotros estáis viendo mis ojos, los de un hombre que ha sido creado igual que vosotros, pero yo he visto los ojos del Señor como haz de rayos del sol que infunde pavor a los ojos humanos.

Vosotros, hijos míos, contempláis la diestra de quien os está ayudando un hombre hecho igual que vosotros, pero yo he contemplado la diestra del Señor, que cubre el cielo entero, en trance de ayudarme.

Vosotros veis el volumen de mi cuerpo, análogo al vuestro, pero yo he visto el volumen del Señor, inconmensurables e incomparable, que no conoce limitación.

Vosotros estáis escuchando las palabras de mis labios, pero yo he oído el verbo del Señor como un gran trueno, en medio de la confusión incesante de las nubes.

Ahora, pues, hijos míos, escuchad la exhortación de un padre terrenal. Pavoroso es y desapacible presentarse ante la faz de un rey de la tierra; terrible y lleno de zozobra, porque la voluntad del rey es muerte y la voluntad del rey es vida. ¡Cuánto más será comparecer ante la faz de un rey, que es a la vez rey de los ejércitos del cielo y de la tierra! ¿Quién podrá salir airoso de este apuro sin medida?

Ahora bien, hijos míos, yo conozco todas las cosas: unas porque las he oído de labios del Señor y otras porque las he visto con mis propios ojos desde el principio hasta el fin y desde el fin hasta el retorno.

Yo conozco todo y todo lo he consignado por escrito en los libros: los cielos con sus confines y su plenitud y todos los ejércitos con sus movimientos los he medido yo, y he anotado también la multitud sin número de las estrellas.

¿Qué hombre es capaz de contemplar sus revoluciones y sus órbitas? Ni los ángeles siquiera conocen su número, pero yo he consignado todos sus nombres.

Yo he medido el perímetro del sol y he contado sus rayos, su salida cada mes, sus ocasos y todas sus trayectorias, anotando sus nombres.

Yo he medido el perímetro de la luna y su proceso menguante cada día y los eclipses que experimenta cada día y cada hora.

Yo he fijado las cuatro estaciones, y a base de las estaciones he diseñado cuatro círculos, y en los círculos he fijado los años y también los meses y, partiendo de los meses, he calculado los días, y a base de los días he medido las horas y (las) he contado y anotado.

Yo he examinado y consignado por escrito todos los alimentos de la tierra, todas las semillas sembradas o sin sembrar  que produce el suelo, y toda clase de vegetales, hierbas y flores, así como sus perfumes y sus nombres.

He escudriñado igualmente los habitáculos de las nubes, sus leyes, sus alas, sus lluvias y sus aguaceros. Yo he descrito el fragor del trueno y del rayo. Me han sido mostrados las llaves y sus guardianes, así como su subida y su salida y el rumbo sosegado que toman, pues sujetos a un vínculo se elevan y se dejan caer, no sea que a fuerza de cólera y de furor obliguen a desplomarse a las nubes airadas y destruyan todo lo que hay sobre la tierra.

Yo he descrito los depósitos de nieve, los almacenes de hielo y los aires glaciales, y he observado cómo a su debido tiempo los cancerberos llenan con ellos las nubes sin vaciar sus  propios aljibes.

Yo he descrito la cámara de los vientos y he observado con mis propios ojos cómo sus guardianes llevan pesas y medidas. Primero los colocan en las balanzas, luego en las medidas y finalmente los dejan caer con pericia y con mesura sobre la tierra para no hacerla temblar con su soplo huracanado.

Yo he medido toda la tierra: los montes, los cerros, los campos, los árboles, las piedras, los ríos y todo lo que existe.

Yo he registrado la altura que hay desde la tierra hasta el séptimo cielo y la profundidad hasta el infierno más bajo.

Yo he descrito asimismo el lugar del juicio y el infierno inmenso, abierto y lleno de gemidos, y he visto cómo sufren los cautivos en espera del juicio sin medida.

Yo tengo registradas todas las causas de los que van a ser juzgados, así como todos sus juicios y todas sus acciones.

He visto también a todos los antepasados de la primera época, incluidos a Adán y Eva, y he suspirado y llorado a causa de la perdición por su impiedad. ¡Ay de mí por mi flaqueza y la de mis antepasados!

Entonces me puse a pensar en mi interior y exclamé: «Dichoso el hombre que no ha nacido, o que habiendo nacido no ha pecado ante la faz del Señor, para que no venga a parar a este lugar  y no tenga que soportar el agobio de este recinto».

Y vi a los cancerberos y vigilantes de las puertas del infierno, erguidos como áspides enormes: sus rostros semejaban antorchas apagadas, sus ojos eran de fuego y sus dientes, desnudos, les llegaban hasta el pecho.

Yo me dirigí a ellos y les dije: ¡Ojalá no os hubiera visto nunca ni hubiera llegado a mis oídos vuestras acciones y pluguiese a Dios que nadie hubiera traído a los de mi raza a vuestro lado! ¡Por el corto lapso que han tenido para pecar en esta vida tienen que sufrir eternamente en la vida perdurable!

Entonces ascendí con dirección a oriente hasta el paraíso del Edén, donde está reservado a los justos el descanso. Este lugar está abierto hasta el tercer cielo y se encuentra aislado de este mundo.

Y hay guardianes apostados junto a las puertas enormes por donde sale el sol, ángeles de fuego que cantan incesantemente himnos de victoria y se alegran del advenimiento de los justos.  Y en su última venida sacará él a Adán y a todos los antepasados y los traerá aquí para que gocen de la misma manera que un hombre invita a sus íntimos a comer con él y ellos acuden y charlan ante su palacio, mientras esperan alegremente el banquete, el placer honesto, la riqueza inmensa y finalmente el gozo y la alegría en la luz y en la vida perdurable.

Yo os digo a vosotros, hijitos míos: Bienaventurado el que teme el nombre del Señor, le sirve constantemente ante su faz, le hace sus ofrendas con temor en esta vida y vive con rectitud los días de su vida y luego muere.

Bienaventurado aquel que juzga equitativamente, no a causa de una recompensa, sino por  justicia, y sin dejarse llevar por la esperanza de recibir alguna cosa, pues luego se encontrará el también con su juicio imparcial.

Bienaventurado el que viste a los desnudos y da pan a los hambrientos.

Bienaventurado el que hace un juicio justo al huérfano y a la viuda, y presta su ayuda a cualquier víctima de la injusticia.

Bienaventurado el que abandona el camino temporal de este fatuo mundo y marcha por la vía recta que conduce a la vida inacabable.

Bienaventurado el que siembra semilla de justicia, pues cosechará el séptuplo.

Bienaventurado aquel en quien habita la verdad y es veraz para con su prójimo.

Bienaventurado aquel en cuya boca anida la misericordia y la mansedumbre en su corazón.

Bienaventurado el que considera toda obra del Señor como creada por Dios y la engrandece, pues las obras del Señor son rectas, mientras que las obras del hombre unas son buenas y otras malas, y por sus obras se conoce al artífice.

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